(relato publicado por entregas)

lunes, 1 de octubre de 2012

VII


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El chico cogió aire y saltó al mar. El salto, desde las rocas, a tres metros sobre el mar, le dio el impulso suficiente para sumergirse hasta el mismo fondo arenoso del mar. Lo tenía calculado, no de una forma racional, midiendo altura, profundidad, salto y esfuerzo, si no de una forma mucho más instintiva. Llevaba lanzándose al agua desde aquella roca desde que tenía ocho años, la primera vez tuvo que lanzarle su primo, el mayor, mientras el se resistía asustado. Pero para superar la vergüenza y la humillación de ese día, en el que había llorado delante de todos, y en el que le tuvieron que sacar del agua, se había pasado mañana y tardes enteras saltando desde allí, nadando y buceando por toda la cala, incluso explorando las rocas que rompían la superficie del mar unos metros más allá, fuera de la cala, expuestas al oleaje del mar abierto.

Estaba acostumbrado a bucear con los ojos abiertos, aguantando la capacidad de sus pulmones, observando ese fondo marino de roca y arena que contrastaba con el suelo de la pequeña cala y de las colinas que la rodeaban. Si éstos, fuera del mar, estaban casi exentos de vida, con una vegetación exigua que apenas albergaba insectos y culebras, el fondo en cambio presentaba una explosión de vida, con peces de diferentes colores, algunos llamativos, otros camuflados entre las rocas y la arena, que se repartían bien en pequeños bancos que se movían al unísono, con giros inverosímiles, bien se dejaban ir a merced de las corrientes, como mecidos por un viento suave que los movía a ellos y hacía bailar a su alrededor los brazos de las algas verdes. Volvió a la superficie a coger aire. Había llegado a la mitad exacta de la cala, encontrándose a la misma distancia de la orilla pedregosa que de las rocas que la cerraban por ambos lados. le gustaba quedarse flotando sobre su espalda, cuando el mar estaba tranquilo, y sentir el golpeo de los rayos del sol en la cara mientras las olas lo acercaban hacia la orilla. Allí, en la orilla, en la cala, estaba el grupo de amigos con el que había venido hoy, siete muchachos medio desnudos, sentados y hablando a voces. El chico llegó a la orilla y se tumbo junto a ellos. Mientras charlaban, entre bromas y bravuconadas, se iban pasando un par de botellas de vino, con la caña en la boquilla, de las que bebían a chorro.

El chico permaneció tumbado, dando algún trago que otro al vino, escuchando sin participar en la conversación. El grupo planeaba ir esa misma noche a la discoteca nueva que acababan de abrir en el pueblo vecino. Dos de ellos se mostraban entusiasmados, intentando convencer al resto. El argumento era sencillo, comenzaba el verano y al pueblo vecino llegaban los veraneantes. Habría chicas. De la ciudad, o incluso alguna que vendría de Madrid. El plan era volver al pueblo, arreglarse, y en un par de horas, irse a la discoteca en las mismas motocicletas en las que habían venido a la cala. "Somos seis, siete si éste se espabila y se apunta, y tenemos las cuatro motos, es fácil. Y si alguno liga, pues se queda con una moto para él" - "Si hombre, a ver quién va a ligar, que quieres, ¿que le deje mi moto al Rogelio? anda ya" - "Como si el Roge fuese a ligar, con esa cara que tiene" - "Pues si hablamos de caras, tu te callas, eh, que tienes la cara como una paella". La conversación seguía hasta que pasado un rato, el ruido de un motor la interrumpió. Un coche se acercaba por la pista, alguno se levantó y se asomó para reconocerlo. En un momento, el Ford Fiesta negro estaba parado en lo alto del barranco, al final de la pista, y por las ventanillas bajadas se escuchaba la música a todo volumen. Era el coche de Perico, otro joven del pueblo, un par de años mayor que ellos y que trabajaba en el taller. Nada más llegar, se dedicó a bromear con los chavales, apropiándose de una de las botellas y convirtiéndose automáticamente en el centro de la conversación. "Así que queréis ir a la disco, ¿no? muy bien, si eso, yo os llevo a unos cuantos en el coche, sin problema, pero solo la ida, a la vuelta que cada uno se la busque, que yo no me vuelvo solo, pero os aseguro que no me vuelvo con ninguno del pueblo, eh." - "Oye, pero ¿tu ya has estado? ¿han llegado ya los veraneantes?" - "Eso, cuéntanos, hay gente ya, ¿verdad?" - "Vosotros lo que queréis saber es si ha tías, mamelucos. Yo estuve el viernes pasado y ya había gente, no estaba lleno, pero algo había, así que yo creo que hoy ya habrán llegado más. Y había unas tías que no veas, además, estas no son como las del pueblo, eh, que son más estrechas que ná, que pa meter mano antes te toca la lotería". Los chavales ya no le interrumpían y le escuchaban sin más. "Ya ves, el viernes, había unas pavas, había hasta alguna guiri y todo. Y esas son las más guarras, eh, que yo me puse a bailar con una, una rubia más alta que yo, y no veas cómo se restregaba, me puse fino. Pero claro, cuando le dije que se viniera al coche, no había manera de entenderse, no entendía ni una palabra, yo venga a decirle que vamos al car, al parking, al parking, pero nada, ponía cara rara y seguía bailando. Así que me fui a la barra, le pedí un vodka con naranja y un whisky para mí y me fui para ella, y ya que no quieres venirte, pues te meto mano aquí mismo, que si bailando que si no, hala, venga, me puse las botas. No veas como estaba la tía, me puso berraco. Así que vosotros veréis, pero yo esta noche voy para allá, que si la veo esta noche, no se me escapa ni pa Dios" - "¿Pero le metiste mano ahí con toda la gente? ¿y no te decía nada?" - "Hombre, la fui levando a una esquina así entre baile y baile, a empujoncitos, no te vas a poner en mitad de la pista, que te ve cualquiera" - "Y qué, ¿las tenía grandes, eh?" - "Ahí está el Roge, preguntando al tema, ni te imaginas, yo creo que era alemana, y esas tienen todas las tetas grandes".

La conversación seguía con el Perico contando sus triunfos con la alemana mientras los demás le atosigaban a preguntas hasta que se acabó el vino. Antes de recoger, se dieron un chapuzón para despejarse. Cuando se repartían entre las motocicletas y el coche, el Roge se acercó al chaval, "Oye, y tu qué, que llevas ahí tirado todo el rato sin decir nada, ¿te vienes a la disco o que?" - "Yo paso, no voy, no me apetece" - "Ya está el amargao de siempre, anda, anímate, que lo mismo hay hasta guiris" - "¿Y para que voy a ir, si os las vais a ligar a todas vosotros, de tres en tres, eh?" - "Mira que eres raro, que no te vienes ni para ver a las tías" - "Anda, déjalo, que ya sabes que mañana me toca ir al puerto temprano, y que a mi no me gusta la disco esa" - "Vale, vale, pero no te quedes con todo el pescao mañana" - "Tranquilo que ya pescareis vosotros esta noche" - "Anda vente, que nos vamos pal pueblo, ¿te vienes en mi moto?" - "No, ir tirando, que yo voy andando que no tengo prisa" - "Mira que eres raro..."

En un momento estaban ya de camino, levantando una polvareda por la pista, camino del pueblo. El chaval se quedó solo, viendo como bajaba el sol, tumbado en la playa, escuchando como las olas rompían contra las piedras y terminaban muriendo mansamente en la orilla, a un par de metros de sus pies. Durante un rato seguía escuchando el ruido de los motores del coche y de las motos alejándose, y tenía que concentrase en las olas para intentar expulsar ese ruido de su cabeza. Cuando se quiso dar cuenta, el sol se estaba poniendo sobre la colina que cerraba el lateral derecho de la cala, se hacía tarde. Se levanto, se puso la camiseta, y comenzó a andar. Si ibas por la pista y luego por la carretera se tardaba poco en llegar al pueblo, poco más de media hora, pero él siempre prefería ir por un sendero que subía la colina entre las piedras, las pitas y los arbustos, que siendo más corto en distancia, le llevaba casi una hora hasta que entraba en el pueblo. Conocía el sendero de memoria desde que le llevo su primo el mayor por ahí cuando era pequeño, probablemente el mismo día que le lanzó desde la roca al mar, y seguro que nadie más, excepto él, iba por ese camino. Siempre se acordaba de su primo, especialmente cuando llegaba a lo alto de la colina y se sentaba en una piedra plana desde la que podía ver a su izquierda el pueblo en el que se encendían poco a poco las luces y las farolas según iba oscureciendo, la cala a su derecha, y más allá, el sol ocultándose entre las colinas y el mar, ya solo una franja estrecha y vacilante. Algo más allá, afeaba el paisaje el pueblo vecino, más grande, con su playa y sus chiringuitos, sus edificios altos y todas las grúas de los edificios en construcción elevándose como un bosque de árboles metálicos, y un poco más al interior, se encendías las luces rojas y verdes del neón de la discoteca. Allí, a esa piedra, le llevaba su primo cuando era pequeño, cuando la mitad de las farolas no se encendían en el pueblo, cuando en el pueblo vecino no había edificios ni chiriguitos, ni mucho menos discotecas, y siempre le contaba cuentos del mar, de pescadores, de tiburones. Luego fueron creciendo, él ya iba solo a la cala, y su primo se casó y se fue a la ciudad, a trabajar en la obra, de encofrador, y ya apenas se veían nada más que en Navidad, ya ni en vacaciones volvía a pueblo.

La noche se cerraba y a su espalda, la luna menguante había sobrepasado ya la altura de la sierra y ascendía hacia su cénit. Recorrió el tramo que le quedaba, que pasaba entre las pequeñas huertas que rodeaban al pueblo, hasta llegar a las primeras calles de tierra, con las casas aún dispersas. Callejeó hasta llegar a su casa y entró. "Hombre, mira tu quién ha venido, vaya horas, no está mal para haberte ido a la cala a echar la tarde, un poco más y habrás llegado a América lo menos" - "Bueno, no es tan tarde y ya estoy aquí, ¿no?" - "Ya, ya, ¿y que habrás hecho por ahí tanto tiempo? nada bueno" - "Y nada malo" - "Niño, a ver como le contestas a tu madre, que la vamos a tener" - "¿Y qué más da lo que haya hecho por ahí?  total, para lo que iba a hacer aquí" - "Mira que he visto pasar al Perico ese con el coche y tirar para la cala" - "Si, ha estado allí" - "Mira hijo que a mi ese no me gusta, que ese no es buena gente, las pintas que lleva" - "Ni a mí, es un fantasma" - "Mira que si te metes en un lío por el tío ese" - "Que no, que he ido con el Roge, que no tiene peligro, que ya lo conoces" - "¿Y ahora venís con la moto, que no se ve nada ya?" - "Na, ellos se han venido antes, yo me he venido dando un paseo por la colina" - "Hay que ver, por todas la rocas, como las cabras, ten cuidado que un día te descalabras por ahí" - "Eso, haz caso a tu madre, que el otro día el Civil me dijo que por ahí se ven ultimanente negros de esos que vienen de África, que son como demonios y lo roban todo" - "El Civil ese sí que es un figura, ya no sabe que inventarse para darse aires y seguir mandando en el pueblo" - "Mira hijo lo que me faltaba, como te metas tu en problemas con el Civil o con los negros esos, te voy a dar yo más problemas, eh" - "Anda ya, si ese desde que cambió el alcalde ya no es nadie" -"Anda niño, vente a la cocina a cenar, que ya tienes aquí el plato". El chaval fue a la cocina, y se sentó a la mesa donde su madre había dejado un plato hondo con una sopa de pescado con trozos de calamares. La tomó en silencio, cabizbajo, con el brazo izquierdo entero apoyado en la mesa, como protegiendo el plato. "Ay, hijo, ponte bien, que te va a doler la espalda", su madre dejó otro plato con una sardina bien grande frita. "Mamá, yo no quiero tanto, que de noche no tengo hambre" - "Niño te comes todo lo que te ponga tu madre en la mesa, y sin protestar. Ya estamos con el señorito que no quiere más..." - "No me cuentes otra vez lo de que de chico con esa sardina comíais tres hermanos, que eso ya me lo se" - "tu ríete, ríete, pero lo tendrías que haber vivido, que vosotros ahora que mucha modernez y mucha movida de esa, pero sois unos acomodaos". Mientras terminaba la sardina, su padre seguía quejándose y recordando lo mal que lo pasó de pequeño, que el con diez años ya trabajaba en el puerto y con catorce ya salía al mar, y el resto de la misma retahila de siempre, sentado en el sillón, con la televisión encendida. Cuando terminó de cenar, fue a su habitación y cambió las alpargatas que había llevado a la playa por otros zapatos. "Bueno, me voy" - "¿Y a donde vas a tu a estas horas?" - "A dar una vuelta" - "No irás con el Perico ese, que se va todas las noches a la discoteca esa nueva, ¿eh?" - "No, yo no voy con ese ni a la esquina" - "Cómo me entere yo de que te ven en la discoteca esa, te enteras, eh, ¡te enteras!" - "Que no, que no voy a ese sitio, ya te lo he dicho mil veces, papá, que voy a dar una vuelta al puerto y ya está" - "Y que haréis a estas horas, tan de noche por ahí, hay que ver" - "Nada, mamá, charlar y ya está". Al pasar por la cocina, le dio un beso en la frente a su madre, que se le había quedado ya muy baja, más de una cabeza por debajo de él. Pasó por el salón, y le puso la mano en el hombro al padre "¿Quieres algo? ¿quieres que te acerque algo, tabaco o algo de la cantina? - "Pues mira, tráeme un paquete de tabaco, sin filtro, ya sabes. Tengo el dinero ahí." - "Déjalo, papá, ya me lo das luego", apartó la silla de ruedas del padre, que estaba plegada junto a la puerta del salón y mientras salía le oía la misma cantinela de siempre, de todas las noches. "Y no llegues tarde, que mañana toca lonja, que como llegues tarde, tu tío se cabrea, ¡que al trabajo hay que ir siempre antes de la hora!"

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