(relato publicado por entregas)
Mostrando entradas con la etiqueta el Guardia Civil. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta el Guardia Civil. Mostrar todas las entradas

lunes, 1 de octubre de 2012

VII


----------------------------------


El chico cogió aire y saltó al mar. El salto, desde las rocas, a tres metros sobre el mar, le dio el impulso suficiente para sumergirse hasta el mismo fondo arenoso del mar. Lo tenía calculado, no de una forma racional, midiendo altura, profundidad, salto y esfuerzo, si no de una forma mucho más instintiva. Llevaba lanzándose al agua desde aquella roca desde que tenía ocho años, la primera vez tuvo que lanzarle su primo, el mayor, mientras el se resistía asustado. Pero para superar la vergüenza y la humillación de ese día, en el que había llorado delante de todos, y en el que le tuvieron que sacar del agua, se había pasado mañana y tardes enteras saltando desde allí, nadando y buceando por toda la cala, incluso explorando las rocas que rompían la superficie del mar unos metros más allá, fuera de la cala, expuestas al oleaje del mar abierto.

Estaba acostumbrado a bucear con los ojos abiertos, aguantando la capacidad de sus pulmones, observando ese fondo marino de roca y arena que contrastaba con el suelo de la pequeña cala y de las colinas que la rodeaban. Si éstos, fuera del mar, estaban casi exentos de vida, con una vegetación exigua que apenas albergaba insectos y culebras, el fondo en cambio presentaba una explosión de vida, con peces de diferentes colores, algunos llamativos, otros camuflados entre las rocas y la arena, que se repartían bien en pequeños bancos que se movían al unísono, con giros inverosímiles, bien se dejaban ir a merced de las corrientes, como mecidos por un viento suave que los movía a ellos y hacía bailar a su alrededor los brazos de las algas verdes. Volvió a la superficie a coger aire. Había llegado a la mitad exacta de la cala, encontrándose a la misma distancia de la orilla pedregosa que de las rocas que la cerraban por ambos lados. le gustaba quedarse flotando sobre su espalda, cuando el mar estaba tranquilo, y sentir el golpeo de los rayos del sol en la cara mientras las olas lo acercaban hacia la orilla. Allí, en la orilla, en la cala, estaba el grupo de amigos con el que había venido hoy, siete muchachos medio desnudos, sentados y hablando a voces. El chico llegó a la orilla y se tumbo junto a ellos. Mientras charlaban, entre bromas y bravuconadas, se iban pasando un par de botellas de vino, con la caña en la boquilla, de las que bebían a chorro.

El chico permaneció tumbado, dando algún trago que otro al vino, escuchando sin participar en la conversación. El grupo planeaba ir esa misma noche a la discoteca nueva que acababan de abrir en el pueblo vecino. Dos de ellos se mostraban entusiasmados, intentando convencer al resto. El argumento era sencillo, comenzaba el verano y al pueblo vecino llegaban los veraneantes. Habría chicas. De la ciudad, o incluso alguna que vendría de Madrid. El plan era volver al pueblo, arreglarse, y en un par de horas, irse a la discoteca en las mismas motocicletas en las que habían venido a la cala. "Somos seis, siete si éste se espabila y se apunta, y tenemos las cuatro motos, es fácil. Y si alguno liga, pues se queda con una moto para él" - "Si hombre, a ver quién va a ligar, que quieres, ¿que le deje mi moto al Rogelio? anda ya" - "Como si el Roge fuese a ligar, con esa cara que tiene" - "Pues si hablamos de caras, tu te callas, eh, que tienes la cara como una paella". La conversación seguía hasta que pasado un rato, el ruido de un motor la interrumpió. Un coche se acercaba por la pista, alguno se levantó y se asomó para reconocerlo. En un momento, el Ford Fiesta negro estaba parado en lo alto del barranco, al final de la pista, y por las ventanillas bajadas se escuchaba la música a todo volumen. Era el coche de Perico, otro joven del pueblo, un par de años mayor que ellos y que trabajaba en el taller. Nada más llegar, se dedicó a bromear con los chavales, apropiándose de una de las botellas y convirtiéndose automáticamente en el centro de la conversación. "Así que queréis ir a la disco, ¿no? muy bien, si eso, yo os llevo a unos cuantos en el coche, sin problema, pero solo la ida, a la vuelta que cada uno se la busque, que yo no me vuelvo solo, pero os aseguro que no me vuelvo con ninguno del pueblo, eh." - "Oye, pero ¿tu ya has estado? ¿han llegado ya los veraneantes?" - "Eso, cuéntanos, hay gente ya, ¿verdad?" - "Vosotros lo que queréis saber es si ha tías, mamelucos. Yo estuve el viernes pasado y ya había gente, no estaba lleno, pero algo había, así que yo creo que hoy ya habrán llegado más. Y había unas tías que no veas, además, estas no son como las del pueblo, eh, que son más estrechas que ná, que pa meter mano antes te toca la lotería". Los chavales ya no le interrumpían y le escuchaban sin más. "Ya ves, el viernes, había unas pavas, había hasta alguna guiri y todo. Y esas son las más guarras, eh, que yo me puse a bailar con una, una rubia más alta que yo, y no veas cómo se restregaba, me puse fino. Pero claro, cuando le dije que se viniera al coche, no había manera de entenderse, no entendía ni una palabra, yo venga a decirle que vamos al car, al parking, al parking, pero nada, ponía cara rara y seguía bailando. Así que me fui a la barra, le pedí un vodka con naranja y un whisky para mí y me fui para ella, y ya que no quieres venirte, pues te meto mano aquí mismo, que si bailando que si no, hala, venga, me puse las botas. No veas como estaba la tía, me puso berraco. Así que vosotros veréis, pero yo esta noche voy para allá, que si la veo esta noche, no se me escapa ni pa Dios" - "¿Pero le metiste mano ahí con toda la gente? ¿y no te decía nada?" - "Hombre, la fui levando a una esquina así entre baile y baile, a empujoncitos, no te vas a poner en mitad de la pista, que te ve cualquiera" - "Y qué, ¿las tenía grandes, eh?" - "Ahí está el Roge, preguntando al tema, ni te imaginas, yo creo que era alemana, y esas tienen todas las tetas grandes".

La conversación seguía con el Perico contando sus triunfos con la alemana mientras los demás le atosigaban a preguntas hasta que se acabó el vino. Antes de recoger, se dieron un chapuzón para despejarse. Cuando se repartían entre las motocicletas y el coche, el Roge se acercó al chaval, "Oye, y tu qué, que llevas ahí tirado todo el rato sin decir nada, ¿te vienes a la disco o que?" - "Yo paso, no voy, no me apetece" - "Ya está el amargao de siempre, anda, anímate, que lo mismo hay hasta guiris" - "¿Y para que voy a ir, si os las vais a ligar a todas vosotros, de tres en tres, eh?" - "Mira que eres raro, que no te vienes ni para ver a las tías" - "Anda, déjalo, que ya sabes que mañana me toca ir al puerto temprano, y que a mi no me gusta la disco esa" - "Vale, vale, pero no te quedes con todo el pescao mañana" - "Tranquilo que ya pescareis vosotros esta noche" - "Anda vente, que nos vamos pal pueblo, ¿te vienes en mi moto?" - "No, ir tirando, que yo voy andando que no tengo prisa" - "Mira que eres raro..."

En un momento estaban ya de camino, levantando una polvareda por la pista, camino del pueblo. El chaval se quedó solo, viendo como bajaba el sol, tumbado en la playa, escuchando como las olas rompían contra las piedras y terminaban muriendo mansamente en la orilla, a un par de metros de sus pies. Durante un rato seguía escuchando el ruido de los motores del coche y de las motos alejándose, y tenía que concentrase en las olas para intentar expulsar ese ruido de su cabeza. Cuando se quiso dar cuenta, el sol se estaba poniendo sobre la colina que cerraba el lateral derecho de la cala, se hacía tarde. Se levanto, se puso la camiseta, y comenzó a andar. Si ibas por la pista y luego por la carretera se tardaba poco en llegar al pueblo, poco más de media hora, pero él siempre prefería ir por un sendero que subía la colina entre las piedras, las pitas y los arbustos, que siendo más corto en distancia, le llevaba casi una hora hasta que entraba en el pueblo. Conocía el sendero de memoria desde que le llevo su primo el mayor por ahí cuando era pequeño, probablemente el mismo día que le lanzó desde la roca al mar, y seguro que nadie más, excepto él, iba por ese camino. Siempre se acordaba de su primo, especialmente cuando llegaba a lo alto de la colina y se sentaba en una piedra plana desde la que podía ver a su izquierda el pueblo en el que se encendían poco a poco las luces y las farolas según iba oscureciendo, la cala a su derecha, y más allá, el sol ocultándose entre las colinas y el mar, ya solo una franja estrecha y vacilante. Algo más allá, afeaba el paisaje el pueblo vecino, más grande, con su playa y sus chiringuitos, sus edificios altos y todas las grúas de los edificios en construcción elevándose como un bosque de árboles metálicos, y un poco más al interior, se encendías las luces rojas y verdes del neón de la discoteca. Allí, a esa piedra, le llevaba su primo cuando era pequeño, cuando la mitad de las farolas no se encendían en el pueblo, cuando en el pueblo vecino no había edificios ni chiriguitos, ni mucho menos discotecas, y siempre le contaba cuentos del mar, de pescadores, de tiburones. Luego fueron creciendo, él ya iba solo a la cala, y su primo se casó y se fue a la ciudad, a trabajar en la obra, de encofrador, y ya apenas se veían nada más que en Navidad, ya ni en vacaciones volvía a pueblo.

La noche se cerraba y a su espalda, la luna menguante había sobrepasado ya la altura de la sierra y ascendía hacia su cénit. Recorrió el tramo que le quedaba, que pasaba entre las pequeñas huertas que rodeaban al pueblo, hasta llegar a las primeras calles de tierra, con las casas aún dispersas. Callejeó hasta llegar a su casa y entró. "Hombre, mira tu quién ha venido, vaya horas, no está mal para haberte ido a la cala a echar la tarde, un poco más y habrás llegado a América lo menos" - "Bueno, no es tan tarde y ya estoy aquí, ¿no?" - "Ya, ya, ¿y que habrás hecho por ahí tanto tiempo? nada bueno" - "Y nada malo" - "Niño, a ver como le contestas a tu madre, que la vamos a tener" - "¿Y qué más da lo que haya hecho por ahí?  total, para lo que iba a hacer aquí" - "Mira que he visto pasar al Perico ese con el coche y tirar para la cala" - "Si, ha estado allí" - "Mira hijo que a mi ese no me gusta, que ese no es buena gente, las pintas que lleva" - "Ni a mí, es un fantasma" - "Mira que si te metes en un lío por el tío ese" - "Que no, que he ido con el Roge, que no tiene peligro, que ya lo conoces" - "¿Y ahora venís con la moto, que no se ve nada ya?" - "Na, ellos se han venido antes, yo me he venido dando un paseo por la colina" - "Hay que ver, por todas la rocas, como las cabras, ten cuidado que un día te descalabras por ahí" - "Eso, haz caso a tu madre, que el otro día el Civil me dijo que por ahí se ven ultimanente negros de esos que vienen de África, que son como demonios y lo roban todo" - "El Civil ese sí que es un figura, ya no sabe que inventarse para darse aires y seguir mandando en el pueblo" - "Mira hijo lo que me faltaba, como te metas tu en problemas con el Civil o con los negros esos, te voy a dar yo más problemas, eh" - "Anda ya, si ese desde que cambió el alcalde ya no es nadie" -"Anda niño, vente a la cocina a cenar, que ya tienes aquí el plato". El chaval fue a la cocina, y se sentó a la mesa donde su madre había dejado un plato hondo con una sopa de pescado con trozos de calamares. La tomó en silencio, cabizbajo, con el brazo izquierdo entero apoyado en la mesa, como protegiendo el plato. "Ay, hijo, ponte bien, que te va a doler la espalda", su madre dejó otro plato con una sardina bien grande frita. "Mamá, yo no quiero tanto, que de noche no tengo hambre" - "Niño te comes todo lo que te ponga tu madre en la mesa, y sin protestar. Ya estamos con el señorito que no quiere más..." - "No me cuentes otra vez lo de que de chico con esa sardina comíais tres hermanos, que eso ya me lo se" - "tu ríete, ríete, pero lo tendrías que haber vivido, que vosotros ahora que mucha modernez y mucha movida de esa, pero sois unos acomodaos". Mientras terminaba la sardina, su padre seguía quejándose y recordando lo mal que lo pasó de pequeño, que el con diez años ya trabajaba en el puerto y con catorce ya salía al mar, y el resto de la misma retahila de siempre, sentado en el sillón, con la televisión encendida. Cuando terminó de cenar, fue a su habitación y cambió las alpargatas que había llevado a la playa por otros zapatos. "Bueno, me voy" - "¿Y a donde vas a tu a estas horas?" - "A dar una vuelta" - "No irás con el Perico ese, que se va todas las noches a la discoteca esa nueva, ¿eh?" - "No, yo no voy con ese ni a la esquina" - "Cómo me entere yo de que te ven en la discoteca esa, te enteras, eh, ¡te enteras!" - "Que no, que no voy a ese sitio, ya te lo he dicho mil veces, papá, que voy a dar una vuelta al puerto y ya está" - "Y que haréis a estas horas, tan de noche por ahí, hay que ver" - "Nada, mamá, charlar y ya está". Al pasar por la cocina, le dio un beso en la frente a su madre, que se le había quedado ya muy baja, más de una cabeza por debajo de él. Pasó por el salón, y le puso la mano en el hombro al padre "¿Quieres algo? ¿quieres que te acerque algo, tabaco o algo de la cantina? - "Pues mira, tráeme un paquete de tabaco, sin filtro, ya sabes. Tengo el dinero ahí." - "Déjalo, papá, ya me lo das luego", apartó la silla de ruedas del padre, que estaba plegada junto a la puerta del salón y mientras salía le oía la misma cantinela de siempre, de todas las noches. "Y no llegues tarde, que mañana toca lonja, que como llegues tarde, tu tío se cabrea, ¡que al trabajo hay que ir siempre antes de la hora!"

viernes, 15 de junio de 2012

III


----------------------------------


El chaval corría bajo la luz de la luna, acompañado por un perro aún cachorro, con unas alpargatas de esparto que amortiguaban las pisadas. Había salido por la azotea de la casa, evitando cualquier ruido, y había recorrido los tejados de las casas de su calle sin realizar el menor ruido. Bajo la luna llena era muy fácil para él, que conocía de memoria cada rincón, cada macetero, cada alcayata del laberinto de azoteas y tejados del pueblo. A sus doce años era hábil, elástico, resistente, pero también era menudo y ligero, y lo más importante, tenía bien enseñado al perro para que no ladrara ni se entretuviese con los gatos ni las sombras que dibujaban techos, chimeneas y demás. 

Al final de la calle, bajó del tejado en el que se encontraba apoyándose en la enredadera que trepaba por la pared, saltando a un árbol cercano. Ahora que caminaba por el empedrado, en una noche luminosa como esa, era mucho más visible, y tenía que concentrarse y agacharse al pasar bajo las ventanas, saltar al pasar delante de las puertas abiertas, esquivar a los pocos transeúntes, y convertirse en otra sombra más. Atravesaba las calles del pequeño pueblo en dirección al puerto, y, según se acercaba, se le dibujaba una sonrisa al oír el golpeteo continuo de las olas, el choque de las barcazas entre sí, el graznido de las gaviotas, se animaba con el olor a salitre concentrado en todas y cada una de las paredes, maromas y cadenas que se exponían al embate del mar, que hoy se encontraba tranquilo. 

Era una noche calurosa, con viento del interior, seco, que se llevaba el olor a mar del pueblo, que no dejaba dormir y que convertía el aire en una masa inmóvil y pegajosa que se colaba por las ventanas. Las noches de terral, los gallos y las gallinas cacareaban más, los burros rebuznaban y se contestaban de parte a parte del pueblo, desde lo alto hasta el puerto, rambla abajo; los gatos se peleaban y mascullaban bufidos en los rincones más oscuros, y entre todo eso, él se deslizaba sin ser visible. 

Llegó al puerto, y de rincón en rincón, siempre buscando las sombras, rodeó la taberna que se apoyaba en una ladera de la rambla, único edificio que aún dejaba escapar luz por las ventanas, y, descolgándose por una maroma, llegó a la embarcación de su tío Pedro, hermano de su madre, una pequeña patera azul en la que solían salir a por calamares y jibias, y se tumbó a observar el cielo, a oír las olas y las gaviotas, a sentir el bamboleo de la barca (la “Carmela del mar”, como la habían bautizado) y el mar bajo su espalda. Al cabo de un rato, se incorporó, escrutando los ruidos, por si se oían los pasos de alguien por el puerto, alguien que le viese trepar por la maroma, atravesar de nuevo la explanada vacía para ganar la espalda de la taberna, trepar por la ladera, él ya sabía cómo, para subir a la azotea, al techo plano del pequeño edificio que cerraba el puerto hacia levante, hacia la ladera más escarpada de la rambla. Allí arriba tenía que extremar el cuidado, pues en la taberna oirían cualquier ruido que hiciera. 

El techo plano, a parte de proporcionarle una panorámica del pueblo desparramándose colina abajo hacia el mar, siguiendo el curso de la rambla, le proporcionaba otras vistas más interesantes, ya que a través de dos claraboyas podía observar el interior de la taberna sin ser visto, siempre que fuera capaz de desplazarse sin hacer ruido. Más de una vez creyó ser descubierto y tuvo que huir corriendo sin mirar atrás hasta su calle, trepar al tejado por el árbol y la enredadera, recorrer los tejados casi sin respiración y entrar por la ventana y meterse en la cama, para pasarse la noche rezando para que, al día siguiente, no le recibiesen con un a bronca y una paliza cuando fuese al puerto a echarle una mano a su tío, el pescador de calamares y jibias. Reptando por el tejado, llegó a la primera de las claraboyas y lentamente, sin dejarse llevar por la impaciencia, se asomó. 

La taberna era bien sencilla, en la fachada, dos ventanas amplias y la puerta centrada, habitualmente un par de mesas con sus sillas se ponían fuera, en la explanada que da al puerto. En el interior, cuatro mesas pequeñas, con sillas desparejadas, y en un lateral una mesa algo mayor, para 8 comensales, pegada a la pared. Enfrentada a la puerta una barra y detrás, unos estantes con las botellas. En la pared de la derecha, un calendario colgado, una foto con la alineación del Madrid que venció al Stade de Reims en el Parque de los Príncipes y un botijo colgado de una alcayata. Muchas noches, alguien sacaba una guitarra y empezaba el jaleo. 

Otras noches, tal y como esta misma noche, si estaban Antonio el de la Parra y Juan de la Filo, se retiraba una de las mesas pequeñas y se sentaban en una esquina, justo a la derecha de la puerta, Antonio con la guitarra, abrazada muy cerca del cuello, con los ojos bajos, concentrado, y Juan solemne, en la silla, con las piernas abiertas y siguiendo el compás con la mano izquierda sobre la pierna, y con la palma de la derecha abierta, como explicándose. Los dos eran ya bien mayores, rondando los cincuenta años o más, y llevaban siempre la camisa bien abrochada, hasta el cuello, por muy raída que estuviera, por muy calurosa que fuera la noche. Solo bebían unos chatos de vino y nunca hacían caso de las canciones que les pedían. Juan, el de la Filo, daba una impresión más sombría, apenas hablaba entre cante y cante. 

Al chaval le ensimismaba ver como un hombre hecho y derecho, recio, con las manos bien encallecidas, podía ponerse completamente colorao cuando se rompía en mitad de un cante, alargando un quejío, una vocal que sube y baja al compás de la mano izquierda sobre el muslo y siguiendo los arabescos de la mano derecha, que, abierta, parecía explicar de dónde salía ese dolor tan serio, tan conspicuo, tan profundo. A veces, cuando se rompía del tó, Antonio dejaba callar la guitarra y levantaba la cabeza mirando a su compañero, asintiendo rítmicamente, frunciendo el ceño. Y cuando a Juan se el acababa el aire, y eso pasaba pocas veces, y bajaba la mano derecha, dejando la mano izquierda muerta sobre la pierna, con la cabeza gacha, la cara completamente congestionada, se hacía el silencio, y las caras de los habituales era de expectación, con las cejas levantadas, la boca ligeramente abierta y el gesto tenso; entonces, Antonio arrancaba a tocar la guitarra, paseando los dedos por todo el mástil de la guitarra, recorriendo todos los trastes, siguiendo líneas que solo él veía, arrebolando melodías, para terminar cerrando con tres rasgueos profundos y sentenciosos. Siempre alguien soltaba un “¡ole ahí la madre que te parió, Antonio!” mientras los demás vaciaban los chatos de vino. 

Algunas noches la cosa duraba más, otras menos, dependiendo de Antonio, de Juan, o de la Dolores, la tabernera, que no dejaba que la llamasen Lola, y que a veces ponía fin a la noche por que “ya está bien, que no son horas, que un día en el pueblo se enfadan, y me queman la taberna por no dejarles dormir, y a ver qué hago yo sola en el mundo sin la taberna”. Lola era medianamente joven, vete tú a saber si de unos veintimuchos o treintaypocos, soltera, y llevaba ella sola la taberna desde que unos siete y ocho años atrás el mar se llevó a su marido, Paco, y a su padre, el Tabernas, dejándola sola con el negocio. 

Otras noches la cosa terminaba cuando llegaba el guardia civil, con su uniforme y su bigote bien espeso. No es que la única autoridad del pueblo fuese restrictiva con la gente y su diversión (el pueblo era pequeño, no contaba ni con alcalde ni alguacil), simplemente su presencia hacía de disolvente, y terminaba por convencer a la gente de que ya era hora. Siempre entraba y se acodaba en la barra, en una esquina, lejos de la jarana, y bebía una copa de brandy escuchando sin prestar atención el cante de Juan. Cuando terminaba la canción, se incorporaba, a veces ni hablaba, sólo carraspeaba y estiraba las piernas, y los parroquianos apuraban los vasos e iban desfilando por la barra pagando los vinos, y tras despedirse, marchaban despacio y en silencio cada uno a su casa y a sus cosas. Antonio y Juan eran de los primeros en marchar, pues nunca les dejaban pagar y nunca se despedían del guardia civil, apenas le miraban al salir. 

El chico seguía observando mientras los parroquianos salían de la taberna, apretando el cuerpo al techo,  pues ahora corría el riesgo de ser visto desde cualquier punto del pueblo. Pasados unos minutos, Dolores recogía todo aquello y pasaba el trapo por las mesas, organizaba las sillas, y, mientras, el guardia terminaba su copa, “bueno, voy a echar un pitillo” decía él, o alguna frase similar, y salía ladeando la cabeza mientras encendía un cigarro recién liado. Mientras fumaba, el guardia daba siempre un corto paseo, recorriendo cadenciosamente la explanada del puerto y las calles aledañas, como comprobando que todo está en paz, que la gente duerme tranquila, que nadie tiene ningún problema, que nadie observa. Y entonces comenzaba la parte más delicada de la noche para el chaval. 

Observaba al guardia en su rutinaria ronda, y como si de una coreografía se tratara, esperaba que se perdiera por una de las calles laterales, para bajar del techo de la taberna, sigilosamente, y correr entre las sombras a esconderse detrás de los toneles abandonados que llevaban años apoyados en la ladera de la rambla, a escasos metros de la taberna. Allí podía permanecer agazapado, acariciando al perro, que había vuelto de vagar por ahí desde que se tumbó en la patera de su tío (una vez lo llevó a la barquichuela, bajando por la maroma con el cachorro, entonces más pequeño, abrazado al pecho, pero al perro no le gustó la sensación de movimiento del mar e intentó huir, cayendo ambos al agua; ese día se montó un buen lío, y al llegar a casa lo recibió la correa del pantalón) esperando y observando. Desde allí podía ver la explanada del puerto, la entrada a la taberna no, le quedaba algo  oculta, pero si podía observar la ventana de la habitación de la Dolores, que entraba después de recoger la taberna, y, a media luz y con la ventana abierta, comenzaba a desnudarse.

Era una mujer muy morena, de pelo negro azabache, largo y rizado, de cuerpo contundente pero redondeado, con unos grandes ojos bien negros y bien redondos. Y siempre, o casi siempre, todas las noches, o casi todas las noches, ocurría lo mismo. Cuando estaba a medio desnudar, sólo con la ropa interior, se acercaba a la ventana, sin asomarse y silbaba una cancioncilla. Y desde los toneles, el chaval la podía ver, recogiéndose el pelo y sonriendo al escuchar primero los pasos del guardia por la explanada y luego la puerta abrirse y cerrarse. En un momento, el chaval podía verlos abrazarse, besarse, y luego separarse. Entonces el guardia dejaba la pistola y el tricornio en una cómoda, fuera de la vista del chaval, y comenzaba a desnudarse parsimoniosamente, prenda a prenda, dejándolas con cuidado en una butaca de mimbre. “Hay que ver, parece que estés escribiendo un informe de esos, poniendo una multa o algo, que poco entusiasmo. ¿Qué no te alegras de verme, Lorenzo? ¡Ay ven pa acá, jodío!” y se abalanzaba sobre él. Lorenzo, el guardia, respondía esquivo, “Niña, guarda las composturas, que no me gustas las chorraícas estas”. Cuando se quedaba en calzones, se levantaba y abría los brazos, y ella siempre lo abrazaba y lo arrastraba a la cama. 

Muchas veces el chaval se quedaba ahí, concentrado en escucharlo todo, las quejas, los gemidos de ella, los bramidos de él, las frases sueltas después como “el día que esto se sepa, nos la lían en el pueblo” o “este pueblo de mansos no levantan ni un deo contra la autoridad, y si no mira los rojos esos del flamenco, corderitos son”, escondido entre los toneles. Otros días, se acercaba sigilosamente y asomaba, desde lejos la cabeza por la ventana, y miraba. Miraba como retozaban los dos cuerpos sobre la cama, y le gustaba sobre todo cuando era ella la que se ponía encima y ondeaba su cuerpo sobre el de él. Esas veces, cuando ella estaba encima, ella gemía más y el bramaba menos, y además podía ver los pechos moverse, grandes y contundentes al ritmo de las caderas, arriba y abajo, con los oscuros pezones, grandes, subiendo y bajando. 

Lo que hacía siempre era bajar la mano hasta la bragueta y acompañar los movimientos del cuerpo de la Dolores con los de su mano, acompañando los gemidos de ella con su propia respiración, esforzándose por ahogar sus propios gemidos. Esta noche se sentía valiente, y había abandonado la seguridad de los toneles para acercarse a la ventana, quería verla mejor. Y la luna llena de verdad hacía que la viese mejor, casi al detalle, mientras bailaba sobre el guardia, en la cama, cerca de la ventana. Los gemidos hoy eran especialmente profundos y sentidos y el muchacho tuvo que esforzarse en contener los suyos, pero algo debió escaparse, algún bufido o resoplido, pues en mitad de los contoneos ella giró la mirada hacia la ventana y vio al chaval, allí, en mitad de la nada, con la mano en la bragueta, a la luz de la luna, petrificado. Ella aminoró la velocidad, y cambió en un instante, una primera expresión de sorpresa por una sonrisa cómplice, cada vez más abierta, mientras poco a poco recuperaba el ritmo de bamboleo, mientras comenzaba a acariciarse los pechos, siempre sin dejar de mirar al chaval. 

El hechizo se rompió con el bramido de Lorenzo, “¿qué pasa? ¿que miras tanto por la ventana? ¿hay alguien ahí?”. Al escuchar la voz gutural del guardia, la Dolores cambió el gesto y volvió la mirada hacia el mostacho que ahora intentaba incorporarse. “No, na, que la luna está muy bonita hoy, to llena”. El chaval reaccionó como si de repente una estatua cobrase vida y comenzó a correr, como alma que persigue el diablo, sin guardar cuidado del ruido, calle arriba, mientras escuchaba los bramidos del guardia, sin entender ni una palabra, salir por la ventana de la habitación hacia la explanada.